La Princesa Salomé: Su vida más allá de los relatos biblicos

La figura de Salomé ha quedado cristalizada en el imaginario colectivo como la joven seductora que, a través de una danza hipnótica, obtuvo la ejecución de un profeta. Sin embargo, tras el velo del relato biblico y las reinterpretaciones artísticas, se esconde una mujer de carne y hueso cuya relevancia histórica trasciende por mucho el banquete fatal de Herodes Antipas. Para comprender a la princesa Salomé histórica, es necesario despojarla un poco de la narrativa teológica y observar su vida a través de los ojos de la historiografía clásica y la arqueología. Curiosamente el nombre de Salomé no aparece ni una sola vez en los Evangelios y solo se hace referencia a su persona únicamente como la hija de Herodías, un peón en la venganza de su madre contra Juan el Bautista. Es gracias a la obra del historiador judío Flavio Josefo, específicamente en sus Antigüedades Judías, que conocemos su identidad y su linaje aunque en dicho textos no se cita su famosa petición y su danza. Más allá de una Salomé sanguinaria  y pecaminosa, era ua una aristócrata de la dinastía herodiana, nieta de Herodes el Grande. Su existencia está marcada por las complejas redes de poder, matrimonios consanguíneos y ambiciones territoriales que definieron a la Judea del siglo I.




A diferencia de muchos personajes secundarios de la Biblia que en mucho de los casos su historicidad es objeto de debate, Salomé ha dejado una huella física en el mundo. El registro arqueológico más contundente de su importancia política se encuentra en la numismática. Existen monedas de bronce acuñadas durante el siglo I que muestran su rostro junto al de su segundo esposo, Aristóbulo de Calcis. En estas piezas,  la moneda muestra el retrato de Salomé con la inscripción en griego "BACIΛIC[CHC] ΣΆΛΩMΉC" (de la reina Salomé)  Estos raros ejemplares son cruciales porque demuestran que, en su tiempo, no fue recordada por un baile escandaloso, sino por su estatus como soberana en regiones estratégicas como Calcis y Armenia Menor. La trayectoria matrimonial de Salomé refleja las dinámicas de la élite de su época. Su primer enlace fue con su tío abuelo, Filipo el Tetrarca, quien gobernaba los territorios de Iturea y Traconite. Este matrimonio, que no dejó descendencia, la situó en el epicentro de la administración romana en la región. Tras enviudar, se unió a su primo Aristóbulo de Calcis. Con él, Salomé alcanzó la cúspide de su poder político y cumplió con el mandato dinástico de asegurar la sucesión, procreando tres hijos: Herodes, Agripa y Aristóbulo. Esta faceta de matrona y gobernante es la que Josefo detalla con precisión, ignorando por completo el episodio de la decapitación de Juan el Bautista, lo que sugiere que para los historiadores contemporáneos, sus alianzas políticas eran mucho más relevantes que los dramas religiosos.

La transformación de la reina Salomé en el mito de la femme fatale es una construcción muy posterior, alimentada por la literatura y el arte del siglo XIX. Fue Oscar Wilde quien, en su obra de teatro francesa de 1891, dotó al personaje de una obsesión erótica y creó la famosa "Danza de los siete velos". Esta invención literaria fue llevada al extremo por Richard Strauss en su ópera de 1905, donde la música tensa y escandalosa terminó por sepultar a la figura histórica bajo capas de simbolismo decadente. Mientras la Salomé real firmaba decretos y gestionaba reinos en las fronteras del Imperio Romano, la Salomé de la ficción se convirtió en el icono de la seducción peligrosa. Se cree Más allá de la joven caprichosa de los relatos evangélicos o de la mujer fatal nacida de la ficción operística, la evidencia histórica nos devuelve la imagen de una soberana que ejerció el poder por derecho propio. Su rostro, preservado en el metal de las monedas antiguas, permanece como un testimonio firme que desafía las narrativas orientadas a reducir su legado al de una mujer pecaminosa.



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