El Privilegio de Blanco: un honor que pocas mujeres de la realeza conservan ante la Corte Pontificia

Dentro del riguroso mundo protocolario del vaticano, donde históricamente el negro ha sido el color de la humildad y el respeto ante el Sumo Pontífice, existe una peculiar excepción cargada de simbolismo histórico, se trata de el Privilège du Blanc (Privilegio de Blanco). Esta distinción permite a un selecto grupo de mujeres de la realeza vestir de blanco en presencia del Papa, un honor que destaca la fidelidad histórica de ciertas casas reales a la Santa SedeTradicionalmente, el protocolo para las audiencias papales exigía que las mujeres vistieran de negro absoluto, con vestidos de cuello alto, mangas largas, falda por debajo de la rodilla y el uso obligatorio de la mantilla. Sin embargo, las poseedoras del Privilège du Blanc pueden prescindir del luto protocolario para lucir vestidos y mantillas blancas, un color que en el Vaticano simboliza pureza y, por lo general, está reservado exclusivamente al Papa. 

Este honor no es una cuestión de moda, sino una concesión de agradecimiento. Se otorgó a aquellas casas reales que permanecieron leales al catolicismo durante los convulsos años de la Reforma Protestante, cuando otros reinos europeos rompieron vínculos con Roma. En la actualidad, este honor no se extiende a todas las figuras de la realeza por el simple hecho de ser católicas, sino que el grupo se mantiene extremadamente reducido y estrictamente sujeto a criterios de soberanía y fe. Actualmente, las únicas mujeres que ostentan este derecho son las reinas Letizia y Sofía de España, las reinas Matilde y Paola de Bélgica, y la gran duquesa María Teresa de Luxemburgo. A este grupo se suman la princesa Charlène de Mónaco, a quien el papa Benedicto XVI le otorgó la distinción tras su enlace matrimonial, y la princesa Marina de Nápoles en su condición de consorte del jefe de la casa real de Saboya. 

Es importante destacar que la condición de católica y miembro de la realeza no garantiza el privilegio de forma automática; este solo es válido si el país es una monarquía católica reconocida o si existe una concesión papal explícita. Un ejemplo claro de esta distinción es el de la princesa Charlène, quien vistió de riguroso negro en sus audiencias iniciales hasta que se le concedió formalmente el uso del blanco en 2013. Desde la década de 1980, bajo el pontificado de Juan Pablo II y sus sucesores, la rigidez del código de vestimenta vaticano ha experimentado una notable flexibilización, transformando lo que antes era una exigencia inquebrantable en una práctica mayoritariamente opcional o preferente. En este nuevo contexto, es cada vez más común que diplomáticos y jefes de Estado asistan a eventos solemnes, como las misas de inauguración pontificia, vistiendo trajes oscuros convencionales con corbata, dejando atrás el uso tradicional del frac con chaleco y pajarita de piqué blanca. 

De manera similar, las mujeres que no poseen el privilegio de blanco suelen seguir optando por el vestido negro y la mantilla como un gesto de cortesía y respeto diplomático, aunque el protocolo actual ya no impone sanciones ni restricciones severas si deciden prescindir de la mantilla o utilizar otros colores sobrios, tales como el azul marino o el gris oscuro. El Privilegio de Blanco sigue siendo uno de los símbolos más potentes de la diplomacia vaticana. Mientras el mundo avanza hacia la informalidad, ver a una reina de blanco ante el Papa nos recuerda siglos de historia, alianzas dinásticas y la estrecha relación entre el poder temporal de las monarquías y el poder espiritual de la Iglesia.


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