Aunque Alejandra ocupaba el quinto lugar en la línea de sucesión al nacer, su estatus oficial no incluía inicialmente el título de princesa ni el tratamiento de "Su Alteza Real". Al ser nieta del monarca por línea materna, se la conocía simplemente como Lady Alejandra Duff, una distinción propia de la hija de un duque. Su linaje poseía una singularidad histórica casi única en la realeza británica: tanto ella como su hermana Maud descendían simultáneamente de dos ramas de la misma familia. Por un lado, eran descendientes del rey Guillermo IV —a través de su relación con Dorothea Jordan— y, por otro, de su sobrina, la reina Victoria, quien ascendió al trono precisamente ante la falta de herederos legítimos del monarca. La joven noble fue bautizada el 29 de junio de 1891 en la Capilla Real del Palacio de St. James por el arzobispo de Canterbury, Edward White Benson. El acto subrayó su relevancia dinástica al contar con padrinos de la talla de la propia reina Victoria y los entonces príncipes de Gales, consolidando su posición en el corazón de la familia real. El 9 de noviembre de 1905, el panorama dinástico de Alejandra cambió radicalmente cuando su abuelo, el rey Eduardo VII, declaró a su madre como Princesa Real. En un gesto de especial distinción, el monarca ordenó al Rey de Armas de la Jarretera elevar el rango de Alejandra y su hermana Maud, otorgándoles el tratamiento de "Alteza" y el título de Princesas antepuestos a sus nombres. A partir de ese decreto soberano, Alejandra dejó de portar su título por linaje ducal paterno para ostentarlo por voluntad del monarca, situándose en la precedencia oficial inmediatamente después de los miembros de la familia real con tratamiento de Alteza Real.
Años después, en agosto de 1910, la vida personal de la princesa se vio envuelta en el secreto tras comprometerse con su primo segundo, el príncipe Cristóbal de Grecia y Dinamarca. Sin embargo, la unión nunca llegó al altar; al descubrir el romance, sus padres manifestaron una firme desaprobación y prohibieron el enlace, forzando la ruptura del compromiso. La tragedia marcaría definitivamente su destino en noviembre de 1911. Mientras la familia navegaba hacia Egipto para unas vacaciones invernales, su transatlántico, el SS Delhi, encalló frente a las costas del cabo Spartel en medio de un violento oleaje. El rescate fue dramático: Alejandra estuvo a punto de ahogarse cuando una ola la golpeó con fuerza, siendo salvada en última instancia por un médico que logró llevarla hasta la orilla. Si bien Alejandra, su hermana y su madre lograron sobrevivir al naufragio, el duque de Fife no corrió la misma suerte; las secuelas del accidente minaron su salud y falleció apenas unas semanas después en Asuán. Tras esta pérdida, y plenamente consciente de su posición en la línea de sucesión, Alejandra estrechó su compromiso con la Corona. Durante las convulsas décadas de 1930 y 1940, su papel fue fundamental al desempeñarse como Consejera de Estado, asumiendo responsabilidades institucionales de gran peso que resultaron clave para mantener la estabilidad de la monarquía británica en momentos de crisis.. La vida sentimental de la princesa Alejandra estuvo marcada por los complejos vínculos de la realeza europea, comenzando en 1910 con un breve compromiso secreto con su primo segundo, el príncipe Cristóbal de Grecia. Sin embargo, esta unión fue abruptamente cancelada cuando su padre, el duque de Fife, descubrió la relación y manifestó su más enérgica desaprobación, forzando la ruptura del romance.
Finalmente, el 15 de octubre de 1913, Alejandra contrajo matrimonio en la Capilla Real del Palacio de St. James con otro primo segundo, el príncipe Arturo de Connaught, quien era el único hijo del duque de Connaught y, por tanto, sobrino de su abuelo materno, el rey Eduardo VII. La ceremonia fue un despliegue de unidad de la familia real británica, contando con un cortejo de damas de honor de alto rango integrado por su hermana menor, la princesa Maud; la princesa María, hija del rey Jorge V; las princesas María y Elena de Teck; y la princesa May de Teck, hija de la princesa Alicia de Albany. Tras el enlace, y siguiendo la tradición de que la esposa comparta el estatus de su marido, Alejandra dejó atrás el tratamiento de «Alteza» para ser reconocida oficialmente como Su Alteza Real la Princesa Arturo de Connaught. Este matrimonio no solo unió a dos ramas fundamentales de la familia Windsor, sino que consolidó la posición de Alejandra como una de las figuras centrales de la corte de de su época. Tras su enlace, la pareja estableció su primer hogar en el número 54 de Mount Street, Mayfair, una propiedad que el príncipe Arturo arrendó al conde de Plymouth y que ocuparon hasta septiembre de 1916. Durante los años siguientes, su vida en Londres transcurrió por diversas direcciones de prestigio en el mismo distrito, trasladándose primero al número 17 de Hill Street y, para enero de 1920, al número 42 de Upper Grosvenor Street.
Ese mismo año, la familia se mudó de forma más estable al número 41 de Belgrave Square, residencia que el príncipe Arturo adquirió en propiedad y que se convirtió en su hogar principal durante casi dos décadas. Esta emblemática casa fue el centro de su vida social hasta el fallecimiento del príncipe en 1938, tras lo cual la propiedad fue vendida a la señora Edward Baron en 1939. En noviembre de ese mismo año, buscando un nuevo comienzo, la princesa Alejandra adquirió una residencia de reciente construcción en el número 64 de Avenue Road, en St John's Wood, donde continuó viviendo con discreción hasta el final de sus días. La Primera Guerra Mundial permitió a la princesa Arturo canalizar su verdadera vocación: la enfermería. Lejos de ser una figura decorativa, en 1915 se integró al personal del Hospital St. Mary’s de Paddington como enfermera a tiempo completo, labor que desempeñó con rigor hasta el armisticio. Tras el conflicto, formalizó su formación y se convirtió en enfermera titulada en 1919, destacando académicamente con un primer premio por sus investigaciones sobre la eclampsia. Su especialización continuó en el Hospital Queen Charlotte, donde se centró en ginecología y obtuvo un certificado de mérito, impresionando a sus superiores por su precisión técnica y eficacia práctica. En 1920, acompañó a su esposo a Sudáfrica tras su nombramiento como Gobernador General. Allí, su tacto y amabilidad le otorgaron una inmensa popularidad, especialmente por su compromiso genuino con el bienestar infantil y la atención materna en toda la Unión. Sin embargo, a pesar de su éxito social, Alejandra sentía que la vida protocolaria en Sudáfrica resultaba restrictiva para sus aspiraciones personales. A su regreso a Londres en 1923, retomó su carrera hospitalaria en el University College Hospital, donde era conocida simplemente como la «enfermera Marjorie». Su ascenso profesional fue notable: se especializó en cirugía, trabajó como jefa de quirófano en el Charing Cross Hospital e incluso llegó a realizar intervenciones menores de forma autónoma.
En reconocimiento a su extraordinaria entrega a la profesión, el rey Jorge V le otorgó la insignia de la Real Cruz Roja en 1925. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Alexandra rechazó puestos administrativos cómodos en zonas rurales para servir en primera línea como jefa de enfermeras en el puesto de socorro del Segundo Hospital General Británico, atendiendo a las tropas que regresaban de Dunkerque. Poco después, fundó, financió y administró la Residencia de Ancianos Fife en Bentinck Street, liderándola durante una década. No obstante, su entrega al servicio contrastó con la tragedia personal: el 26 de abril de 1943, su único hijo, Alastair, duque de Connaught, falleció inesperadamente en Canadá en circunstancias que nunca terminaron de esclarecerse del todo. Hacia 1949, la artritis reumatoide que la princesa Arturo había padecido durante años se agravó considerablemente, postrándola en cama y obligándola a clausurar su querida residencia de ancianos. Lejos de rendirse a la inactividad, se retiró a su hogar en el 64 de Avenue Road, St John's Wood, donde canalizó su vitalidad en la escritura. Allí redactó, para circulación privada, dos fragmentos autobiográficos de estilo vívido y ameno: «La historia de una enfermera» (1955) y «Egipto y Jartum» (1956), en el que ofreció un relato gráfico y conmovedor sobre el naufragio del SS Delhi. Incluso en sus últimos días, Alexandra se encontraba trabajando en un tercer volumen sobre sus experiencias de caza mayor en Sudáfrica. Sin embargo, su pluma se detuvo el 26 de febrero de 1959, cuando falleció en su casa a los 67 años a causa de una neumonía. Cumpliendo con su última voluntad, fue incinerada y sus cenizas trasladadas a la capilla de San Niniano en Braemar, dentro de la finca de Mar Lodge, para descansar junto a sus padres y su hijo Alastair. Al momento de su muerte, su patrimonio fue valorado en 86.217 libras esterlinas, una cifra que, ajustada a la inflación actual, superaría los 1,4 millones de libras, dejando tras de sí el recuerdo de una mujer que supo transformar el privilegio real en un servicio humano ejemplar.






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