Elena de Montenegro: Señora de la Caridad

Elena de Montenegro (Jelena Petrović-Njegoš) nació el 8 de enero de 1873 en el Principado de Montenegro, fue hija de Milena Vukotić y de Nicolás I de Montenegro Elena creció en Cetinje, el corazón del Principado de Montenegro, en un entorno donde los valores de unidad familiar eran el pilar fundamental. En el hogar de los Petrović-Njegoš, la rigidez cortesana cedía ante la autenticidad: las conversaciones de sobremesa fluían habitualmente en francés, mezclando la política y la poesía con una naturalidad asombrosa que permitía que el carácter espontáneo de cada miembro de la familia brillara con luz propia. Su formación académica fue rigurosa e internacional. Entre los seis y los doce años, estuvo bajo la tutela de la institutriz suiza Luisa Neukomm, para luego trasladarse a Rusia y completar su educación en el prestigioso Instituto Smolny de Doncellas Nobles en San Petersburgo. Allí, hasta los 18 años, Elena no solo se integró en la vida de la Corte Imperial, sino que cultivó intereses diversos que iban desde la pintura al pastel hasta la caza y la pesca, llegando incluso a colaborar con la revista literaria Nedelya, donde publicó sus propios poemas. 

Quienes la conocieron en persona a menudo la describían como una joven tímida y reservada,  también se decía que poseía una voluntad testaruda pero con una mente muy vivaz que adoraba la naturaleza. A los diez años siguió los pasos de sus hermanas y se trasladó a San Petersburgo para estudiar en el prestigioso Instituto Smolny. Durante su estancia en Rusia, no solo frecuentó la suntuosa corte de los Romanov, sino que también dio rienda suelta a su inquietud intelectual colaborando con la revista literaria Nedelja, donde publicó sus propios poemas. Además de su faceta literaria, Elena demostró un talento notable para la pintura y la arquitectura, llegando incluso a diseñar el monumento en honor al príncipe Danilo I. Físicamente, era una mujer imponente cuya estatura de 180 cm reforzaba su presencia majestuosa. Físicamente, Elena era una mujer imponente para su época, con una estatura de 180 cm que, años más tarde, crearía un contraste visual casi legendario junto a su futuro esposo, Víctor Manuel III, quien apenas medía 152 cm. En Italia, la preocupación de la reina Margarita por el futuro matrimonial de su único hijo se alineó con los intereses estratégicos del estadista Francesco Crispi. De origen albanés, Crispi buscaba expandir la influencia italiana en los Balcanes, viendo en una alianza con la casa real de Montenegro la oportunidad perfecta. Bajo este pretexto diplomático, se orquestó el primer encuentro entre los jóvenes en abril de 1895, con motivo de la Exposición Internacional de Arte de Venecia. Allí, entre recepciones oficiales y una función de gala en la ópera, Elena fue presentada formalmente a los reyes de Italia y al príncipe Víctor Manuel. La sintonía entre ambos se consolidó un año después en Rusia, durante las celebraciones por la coronación del zar Nicolás II. Tras este segundo encuentro, Víctor Manuel decidió formalizar sus intenciones y formuló la petición oficial de mano al rey Nicolás I. 

Finalmente, la pareja formalizaría su compromiso durante una visita del príncipe a Cetinje el 18 de agosto de 1896 y debido a su fe ortodoxa, la transición de Elena hacia la corona italiana exigió un delicado sacrificio personal y religioso. Por razones de Estado y para asegurar el apoyo de su futura suegra, la reina Margarita, Elena se vio en la necesidad de abandonar Montenegro y se convirtió al catolicismo.  El enlace matrimonial se celebró el 24 de octubre de 1896, dividido en dos actos de gran solemnidad. La ceremonia civil tuvo lugar entre los muros del Palacio del Quirinal, mientras que la unión religiosa se consagró en la Basílica de Santa María de los Ángeles y los Mártires. Sin embargo, la celebración quedó marcada por una notable ausencia: la madre de Elena, ferviente observante de la fe ortodoxa, se negó a asistir a la ceremonia católica, dejando un vacío simbólico en uno de los días más trascendentales en la vida de la futura reina. A lo largo de su matrimonio tuvo cinco hijos (Yolanda, Mafalda, Humberto, Juana y María Francisca). Tras el desastroso terremoto de 1908 en Messina y Reggio Calabria, la reina se trasladó personalmente a las zonas afectadas para organizar el socorro y asistir a los heridos, una acción que le valió la adoración profunda del pueblo italiano. Esta vocación la llevó a estudiar medicina y a recibir un doctorado honoris causa, convirtiéndose además en la primera inspectora del Cuerpo de Damas Enfermeras de la Cruz Roja Italiana. Su labor no fue solo asistencial, sino también científica, pues financió importantes investigaciones y obras contra la tuberculosis, la poliomielitis y el cáncer, demostrando un compromiso profesional con la formación médica. 

Por esta incansable dedicación al bienestar ajeno, el Papa Pío XI le otorgó en 1937 la Rosa de Oro del Cristianismo, el honor más alto que la Iglesia podía conceder a una mujer en aquel tiempo. Durante la Segunda Guerra Mundial, Elena transformó el Palacio del Quirinal en un hospital militar. En 1939, en un último intento por la paz, escribió personalmente a las soberanas de las naciones neutrales de Europa para evitar la catástrofe. Pese a su lealtad al rey, Elena no temía expresar sus convicciones. Se dice que reprochó duramente a Víctor Manuel III por el arresto de Mussolini en Villa Ada, considerándolo un acto indigno de un soberano. La guerra le arrebató lo más preciado: su hija Mafalda, quien murió en el campo de concentración de Buchenwald en 1944. Tras la abdicación de su marido en 1946, la pareja partió al exilio en Alejandría, Egipto. Allí vivieron en la modesta "Villa Jela" hasta la muerte del rey en 1947. Aquejada de cáncer, Elena se trasladó a Montpellier, Francia, donde falleció en 1952. Su funeral fue tan multitudinario que la ciudad entera cerró sus puertas para despedir a la que llamaban la "Señora de la Caridad". Durante 65 años, sus restos descansaron en una tumba común en Francia, cumpliendo su deseo de sencillez. Sin embargo, en diciembre de 2017, su cuerpo fue repatriado a Italia y sepultado en el Santuario de Vicoforte, donde hoy descansa junto a su esposo, cerrando finalmente el capítulo de una reina que prefirió el hospital al trono.



Comentarios

Artículo Anterior Artículo Siguiente