El 6 de julio de 1553, el joven rey Eduardo VI exhaló su último aliento a los quince años, consumido por una implacable infección pulmonar que desencadenó una de las crisis sucesorias más dramáticas de la historia de Inglaterra. Sabiendo que su final se acercaba, Eduardo temía profundamente que su media hermana María ascendiera al trono, pues estaba convencido de que ella restauraría el catolicismo y destruiría las reformas protestantes impulsadas por él y su padre, Enrique VIII. Guiado por el ambicioso duque de Northumberland, John Dudley, el rey moribundo redactó un testamento que excluía tanto a María como a Isabel de la línea de sucesión, nombrando en su lugar a Juana Grey, prima de María y nuera de Dudley. Mientras Juana era proclamada reina el 10 de julio, María, consciente de que la corte planeaba capturarla, demostró una astucia y una valentía formidables. En lugar de rendirse, huyó hacia Anglia Oriental y se atrincheró en el castillo de Framlingham, en Suffolk, donde reunió rápidamente un poderoso ejército respaldado por nobles católicos y opositores a Dudley. Cuando las fuerzas de Northumberland se acercaron para someterla el 15 de julio, se encontraron con una líder implacable que pronunció discursos incendiarios contra la traición de sus enemigos. El apoyo a Dudley colapsó estrepitosamente, y la efímera reina Juana fue derrocada tras solo nueve días de reinado, siendo encerrada en la Torre de Londres. El 3 de agosto de 1553, en un giro espectacular del destino, María cabalgó triunfalmente por las calles de Londres, rodeada por una inmensa ola de fervor popular, acompañada por su hermana Isabel y una deslumbrante procesión de ochocientos nobles, reclamando así su corona.
Ya instalada en el poder, María I de Inglaterra dejó claro que su reinado estaría fundamentado en el catolicismo, una fe que no solo era su refugio espiritual, sino el pilar absoluto de su identidad política. Esta devoción había sido inculcada por su madre, Catalina de Aragón, y mantenerse fiel a Roma era la única forma que tenía María de validar su propia legitimidad, negando así el humillante divorcio de sus padres y la declaración de bastardía que había sufrido. Tras ser coronada el 1 de octubre en la Abadía de Westminster en una ceremonia sin precedentes para una reina titular, liberó a prominentes líderes católicos de la Torre, como el duque de Norfolk y Stephen Gardiner, a quien nombró lord canciller. Sin embargo, para consolidar su proyecto religioso y evitar que la corona pasara a su media hermana protestante, Isabel, María necesitaba desesperadamente casarse y engendrar un heredero católico. Rechazando a los pretendientes ingleses por desconfianza hacia sus propios súbditos, aceptó la propuesta de su primo, el emperador Carlos V, para contraer matrimonio con el príncipe Felipe II de España. Esta decisión fue recibida con inmensa hostilidad por la nobleza, la Cámara de los Comunes y el pueblo llano. Los ingleses, temerosos de convertirse en un mero apéndice del poderoso Imperio de los Habsburgo y de verse arrastrados a conflictos extranjeros, protestaron enérgicamente. A pesar del profundo patriotismo de sus consejeros y del creciente malestar social, la reina, de treinta y siete años, ignoró las advertencias. El 29 de octubre, convencida de que era una inspiración divina, formalizó su compromiso con el príncipe español, abriendo la puerta a una alianza impopular que marcaría el inicio de las tensiones más oscuras de su reinado.
El ferviente deseo de la reina por revertir la Reforma anglicana y limpiar a Inglaterra de lo que ella consideraba una herejía imperdonable pronto transformó su reinado en una época de terror sistemático, ganándose para la posteridad el macabro apodo de "María la Sanguinaria" o "Bloody Mary". Convencida de que debía salvar las almas de sus súbditos y restaurar la autoridad del Papa, María reactivó implacables leyes medievales que castigaban la disidencia religiosa, convirtiendo el protestantismo en un delito de Estado castigado con la pena capital. Durante los siguientes años, el fuego se convirtió en el instrumento principal de su purificación religiosa, ordenando que casi trescientos protestantes, que se negaron valientemente a retractarse de su fe, fueran quemados vivos en la hoguera. Entre las víctimas más ilustres de esta cruenta persecución se encontraba Thomas Cranmer, el arzobispo de Canterbury que había anulado el matrimonio de su madre. Aunque las ejecuciones públicas fueron diseñadas como una campaña de intimidación para forzar a la población a someterse a la Iglesia católica, el efecto fue diametralmente opuesto. La brutalidad de las hogueras, el olor a carne quemada en las plazas y el martirio de ciudadanos comunes generaron un resentimiento profundo y silencioso contra la monarca y su marido español. Si bien es cierto que otros soberanos de la época, incluidos su padre y su hermana, derramaron tanta o más sangre por razones políticas, la crueldad específica de quemar a hombres y mujeres únicamente por sus convicciones religiosas horrorizó a la sociedad inglesa. Esta implacable violencia religiosa no logró extinguir el protestantismo; por el contrario, cimentó la leyenda negra de la reina y aseguró que su legado quedara manchado de sangre para siempre.
El ocaso del reinado de María I fue un descenso agonizante hacia la tragedia personal y el absoluto fracaso político, marcado por la enfermedad, el desamor y la humillación militar. Desesperada por concebir el heredero que salvaría a Inglaterra de las manos de Isabel, la reina experimentó dos devastadores embarazos psicológicos en 1554 y 1557. Su vientre se hinchaba dolorosamente, alimentando falsas esperanzas que terminaban en amargas decepciones y provocando las burlas crueles de las cortes europeas; la medicina moderna sugiere que estos síntomas ocultaban un cáncer de útero o un tumor letal. A esta tortura física se sumó el abandono emocional de su esposo, Felipe II, quien nunca sintió verdadero afecto por ella y la veía únicamente como una pieza en su tablero geopolítico. Al confirmar que no habría descendencia, el rey español abandonó Inglaterra para siempre, sumiendo a María en una depresión profunda. El golpe de gracia a su frágil espíritu llegó en enero de 1558, cuando las tropas francesas conquistaron la ciudad de Calais, el último y preciado bastión inglés en el continente europeo. Esta aplastante derrota militar destrozó el orgullo nacional y rompió definitivamente el corazón de la monarca. Físicamente consumida y gravemente enferma durante una letal epidemia de influenza, María se vio obligada, en su lecho de muerte, a reconocer con gran amargura a Isabel como su legítima sucesora. El 17 de noviembre de 1558, a los cuarenta y dos años, la reina exhaló su último suspiro en el Palacio de St. James. Con su muerte, el sueño de una Inglaterra católica se desmoronó por completo, abriendo paso a la célebre era isabelina y al triunfo definitivo del protestantismo.
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