El 19 de junio de 2010, durante la boda de la princesa Victoria de Suecia y Daniel Westling en la Catedral de Estocolmo, todas las miradas se posaron sobre un detalle que no pasó inadvertido para los expertos en casas reales: la infanta Cristina de Borbón lucía una pieza que, hasta entonces, parecía estar bajo un "pacto de silencio" protocolario. Se trataba de la espectacular Tiara Cartier, una joya cuyo uso estaba reservado, por una regla no escrita, exclusivamente para las reinas de España.
La historia de esta pieza maestra se remonta a la segunda década del siglo XX. Fue un encargo personal del rey Alfonso XIII para su esposa, la reina Victoria Eugenia, con el objetivo de dotar a la soberana de una joya que reflejara la grandeza de la Corona. Fabricada por la prestigiosa casa francesa Cartier, la tiara es una obra de ingeniería joyera en platino. Su diseño original destacaba por la incorporación de esmeraldas, que posteriormente fueron sustituidas por siete grandes perlas, convirtiéndose en el sello distintivo de la pieza.
En su estructura central, brilla un diseño de flor de lis que incorpora dos brillantes de gran tamaño, consolidándola como una de las joyas más significativas y valiosas del joyero real español. Cuando la Infanta Cristina apareció en la catedral sueca, su presencia no solo destacó por su elección de vestuario —un elegante diseño de Lorenzo Caprile en color verde, de corte imperio y escote drapeado, complementado con la banda y la placa de la Orden de la Estrella Polar—, sino por la tiara que coronaba su peinado.
El hecho de que una infanta portara una tiara que con el fallecimiento de la Reina Eugenia se convirtió en una joya exclusivamente para las soberanas de España gracias a su testamento, causó un notable revuelo. Como se ha mencionado antes, tras la partida de la reina Victoria Eugenia, conocida cariñosamente como Ena, el testamento de la soberana estableció que esta pieza junto con otras valiosas joyas conocidas actualmente como las joyas de pasar, debían transmitirse de soberana a soberana para preservar el legado histórico de la Corona.
Debido a esta herencia directa, existía una regla no escrita, pero respetada con rigor, que dictaba que el uso de la Tiara Cartier estaba reservada exclusivamente para las reinas de España. Sin embargo, durante aquél inolvidable momento del 2010, la infanta Cristina al utilizarla protagonizó una excepción histórica que, aún años después, sigue siendo objeto de debate entre los cronistas de realeza y los amantes de la joyería histórica.
La Tiara Cartier no es solo un adorno; es un símbolo de lealtad y continuidad. Durante décadas, su presencia sobre la cabeza de una mujer en un acto público ha sido interpretada como una representación máxima de la autoridad monárquica. La elección de la infanta aquel día en Estocolmo sigue siendo recordada como un momento de gran audacia estilística, donde la historia de la Casa Borbón se hizo presente a través de una de las piezas más emblemáticas del arte joyero europeo.
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